La olleta
A veces me pregunto por qué se llama así, es decir, no es una olla, es otra cosa: una olleta. Esos son misterios que no comprendo y tal vez no entenderé jamás.
Ciertamente, es más delgada que una olla, más alta; solo tiene una oreja, una barriga redonda y un cuello. Sí, tiene un cuello.
Su barriga tiene varios hoyos, señales de todas las veces que se ha caído al suelo cuando se me ha zafado de las manos. También, tiene algunas quemaduras. Se ve que no es nueva, pero brilla. A pesar de que se ha usado demasiado, siempre está presta.
Es la que más se usa a diario. Con frecuencia, está sucia y es incómodo verla así. Entonces, la desocupo, quizá para hacer de nuevo el mismo proceso o solo para que esté limpia un par de horas antes de volverla a usar. Este es un ciclo que se repite varias veces al día.
El preparar tinto a cualquier hora es delicioso; me invade una sensación muy agradable, pero a veces conlleva un regaño: «¿Otra vez tinto? ¡Pero si ya tomó!».
Y es cierto. Mi mamá tiene razón cuando se enoja por eso, aunque a ella también le gusta tomar tinto. Es solo su olor el que me delata.
Esa es la olleta del tinto en casa.
El tinto
Tomo la olleta de la oreja, la lleno de agua y al fuego. Cuando hierve, apago el fogón y echo encima el café. Si no lo hago así, se derrama produciéndose un reguero en la estufa, como si se hubiera derramado tierra negra. Sin embargo, de tanta práctica, esto ya casi no me sucede.
Seguidamente, tapo la olleta, para se asiente el cuncho del café y no se enfríe, para que se concentre mejor. Esto a veces se me olvida, pero mi mamá me lo recuerda siempre: «¿Pero por qué no le pone la tapa a la olleta?».
Se aprende de los errores… Y de cosas tan simples como preparar un café.
Se debe esperar un poco a que se asiente el cuncho en el fondo de la olleta. De esta manera, se puede beber el líquido sin pepas de café.
Cuando se fusionan el agua y el café, brota ese olor particular que convierte todo en maravilloso.
Al cabo de un par de minutos, cuando aparece una espuma clara, tomo la olleta con un trapo de la cocina o con la manga de algún saco que lleve puesto, teniendo cuidado de no quemarlo, y sirvo el tinto.
Cuando esto ocurre, siempre siento que algo hermoso sucede.
Leidy Nataly Patiño Hernández