El chifonier

Una poetisa, cuyo nombre no recuerdo, y una serie de poemas, cuyos versos olvidé, trajeron un objeto a mi memoria, que se convirtió en inolvidable. Esos poemas versaban sobre "el armario".
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La primera palabra que viene a mi memoria referida a este objeto es «chifonier». Así le decía mi abuela, que no tuvo ni un día de escuela, como ella misma decía, pero aludía a este objeto con una palabra francesa, allá en Sogamoso, en una tienda en el comienzo el mundo: el chifonier.

El chifonier de la abuela era de madera, rojo, antiguo desde nacido, con botones dorados y cuatro patas dispuestas diagonalmente, lo que lo hacía elegante, bien parado. Tenía dos puertas laterales y en el centro una cajonera con cinco cajones. El perchero de la puerta lateral derecha contenía, entre otras cosas, dos abrigos: uno negro y uno rojo. Con el negro recuerdo una foto de la abuela con mi hermana mayor, de esas que se tomaban en la calle once en Sogamoso y en la carrera séptima aquí en Bogotá, hace muchos años. El abrigo rojo no recuerdo habérselo visto puesto; era de un rojo intenso, como su corazón. Yo los usé ambos en mi época universitaria y fueron todo un éxito.

En el perchero del lado derecho, recuerdo dos vestidos: uno de luna y uno de sol. El de luna era azul cielo brillante y el de sol, dorado brillante. Mi abuela, una campesina trabajadora, que tenía un puesto en la plaza, si no de verduras y frutas, de fritanga y gallina, usaba siempre una trenza larga, una falda de flores rojas o fucsias o punzós y zapatillas con suela de fique y tejidas por ella misma, de cualquiera de los colores encendidos de sus faldas. Siempre era así. Cuando usaba uno de esos vestidos, envolvía su cabello en un moño bajo, en lo alto de la nuca, y se veía muy diferente; se daba permiso de salir del cuento de los hermanos Grimm Piel de asno a habitar la realidad. Ambas versiones son hermosas, dos caras de la moneda más valiosa.

En uno de los cajones de ese chifonier, tenía un labial rojo en un estuche dorado, que aplicaba tanto en los labios como en las mejillas y olía delicioso; un perfume, que ahora uso de vez en cuando para traer su valentía; también, una billetera hecha de piel de toro o de becerro, no sé, con una cremallera, que tenía dentro un ojo de venado para la suerte, las llaves de no sé cuántas puertas, y un espejo diminuto que usaba para maquillarse; y otras cosillas que ahora no recuerdo.

El chifonier de la abuela tenía un olor particular: el de ella. Es un olor que aún hoy percibo en mi memoria y la revela a ella.

Los poemas que no recuerdo, de aquella poetisa cuyo nombre olvidé, que vienen de aquella noche lejana, han hecho que me detenga en el alma de los objetos que siempre acompañan nuestras vidas guardándonos a nosotros por dentro.

Ángela Yaneth Franco Silva