Solitaria aquí en un rincón observo a los presentes. Cada uno se acomoda en una silla o un sillón mullido. Ninguno se acerca a mí para estos menesteres ahora que se ha ido el único que me buscaba para ello.
Fui joven y hermosa, y los años dejaron huellas del paso del tiempo y del servicio que he podido prestar. Para mi fortuna y la de los seres que me han acompañado, todo el que me ve siente que he sido muy importante en la vida de estos seres que me acogieron en algún momento. Siempre he sido muy necesaria y eso me llena de orgullo, pues nunca he sido olvidada como sucede con algunos objetos que finalmente van a parar al cesto de la basura después de un tiempo.
Adquirí un color de fondo un poco más oscuro en mi base, donde en otra época mi mejor amigo se sentaba a desgranar algunas mazorcas en su jardín, o se paraba con los zapatos llenos de tierra o húmedos por el pasto para alcanzar objetos que se encontraban en lugares inalcanzables a su estatura.
Siempre escuchaba mi nombre: «Trae la butaca», «¿Dónde está la butaca?», «Sube la butaca», «Baja la butaca». Estoy vieja, pero aún vigorosa; tengo huecos de distintos tamaños que me dejaron brocas y puntillas que traspasaban algún madero al que yo servía de apoyo para que mis dueños pudieran trabajar cómodamente, pero también lesiones que el serrucho iba dejando en algunos de mis laterales cuando de cortar maderos o tubos de agua se trataba.
Tengo un agraciado aspecto para mis dueños. Luminosidades multicolores afloran por todos lados con formas diversas, que hablan de brochas, pinceles y tarros de pintura que se posaron en mí, mientras miraba cómo iban cambiando las paredes o los muebles de la mano de mis dueños, pero también conservo restos de grasa, tinto, vino o brandy cuando junto a la chimenea los acompañé en esas largas noches en que se dedicaban a dialogar tranquilos y a escuchar canciones de Frank Sinatra, Mercedes Sosa, Louis Armstrong, son cubano, música llanera, salsa y muchas otras, sin tener que ir a buscar muy lejos los objetos que yo podía sostener.
Recorrí con ellos distintos lugares de Bogotá y de la sabana, viajando en un camión al lado de todos los otros objetos que para ellos también eran muy importantes. Siempre me acomodaban al final y era la primera que bajaba, pues en cualquier momento podían requerir mi presencia.
Sí, por increíble que parezca, seres humanos y objetos estamos unidos en una complicidad en la que necesariamente intercambiamos energías y aportamos valor a nuestras vidas. Somos una presencia, que trasciende la vida de los seres humanos, no simplemente un elemento decorativo o útil. Por ello, los objetos que otrora estuvieron presentes en la vida de algunas personas han servido para que ellos mismos como adultos mayores recuperen sus fuerzas, su energía, su postura y sus deseos de seguir viviendo.
Julia Marlén Baquero Velásquez