Cuando era niño, tenía un plato azul en el que me servían cada comida.
En la infancia podemos ser intransigentes: no sé si hacía algún berrinche cuando me ponían otra vajilla en la mesa, pero sí que fueron varios años de convivencia y complicidad con mi plástico amigo. Tal vez fuera mi primer acercamiento a la noción de propiedad o exclusividad: lo que allí se contuviera era mío por derecho, aunque se tratara de un menú ajeno a mis gustos, en cuyo caso podía cederlo, si la política familiar lo permitía, en todo o en parte a cualquier interesado.
Ahora bien, supongo que mi plato azul se indignaba por mi falta de cuidado, pues rara vez fui yo quien lo masajeó con el coctel de jabón, agua y esponjilla. Por milagro maternal, siempre estaba limpio y podía disponer de él para girarlo sobre los dedos y viajar con él al firmamento; cuando se le requería para su papel original, él aterrizaba sin problema y mantenía su gran boca sin dientes abierta y atorada para recibir los insumos energéticos que permitirían a su dueño continuar las travesías.

Era mi cómplice en la preferencia de tipologías: no le cabía mucha sopa, pero sí todo el seco que se necesitara. Imagino ahora que pudo ser forjado ―sí, era mi sagrada herramienta― de acuerdo con parámetros futuristas que tenían en cuenta mis caprichos, mucho antes de que yo naciera.
Lamento no recordar su partida. Creo que se despidió, como siempre, en silencio, con su gran bostezo eterno que no revelaba hambre ni sueño, sino tal vez una necesidad permanente de aire, de permanecer en el éter junto a mi boca y mis manos.
Freddy Giovanny Oliveros Pinzón