Mi mesa

Los objetos viven con nosotros por muchísimos años casi sin darnos cuenta. Ellos guarecen a las personas amadas que también comparten con nosotros a diario. Graciela nos abre su casa para presentarnos a un objeto entrañable, su mesa, y a sus habitantes.
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Cuando oigo aquello de «si las paredes hablaran…», pienso igual: «¿y si mi mesa hablara, tendría algo para contar?». Sí, por supuesto que sí.

Mi mesa tiene historia, una historia que se teje con los hilos de las personas que la han disfrutado.

Mi mesa no siempre fue mía. Fue primero de mi mamá para, con los años, llegar a mí.

Mi mesa tiene ocho puestos. La cabecera fue ocupada primero por mi mamá. Luego, en una especie de jerarquía, por mi hija mayor, mi hija menor, mi nieta mayor y mi nieta menor. En las reuniones familiares, en el otro extremo de la mesa, siempre estaban mis dos hermanas. Eran su bastión.

¿Qué sucedía en la mesa?

Mi mesa siempre ha sido el sitio para compartir alimentos: almuerzos, onces, tortas de cumpleaños, navidades; el sitio para reafirmar nuestros códigos y celebrar nuestros rituales; el espacio donde tienen lugar conversaciones serias, profundas, consistentes; el lugar de recreación, juegos, concursos, donde discutir y resolver problemas; el universo de las risas y los muy pocos disgustos; la zona del club de lectura.

También, podría decir que ha sido una «Mesa Santa». Ha acogido a cinco sacerdotes, el párroco de turno y a las personas con las cuales compartía actividades comunitarias.

Mi mesa nos ha servido para muchas otras cosas. En ella se prodiga lo primordial de una familia: amor, generosidad y apoyo constantes.

Mi mesa generosa…

¿Qué dice ahora mi mesa?

Sin embargo, muchas cosas han cambiado en nuestras rutinas y, entre ellas, dos fundamentales: la pandemia y las muertes de algunos miembros de la familia.

Mi pobre mesa resiente su falta; su ser de mesa trata de no agobiarse, como lo hacemos todos nosotros.

En su alma, mi mesa guarda la vida de todos aquellos a quienes ha acogido y ahora se han ido.

Graciela Rodríguez de Calderón